En Nueva York, se enfrentaron el embrión de Xabi Alonso contra el equipo de Luis Enrique. El nuevo técnico del Real Madrid ha vivido sus primeras semanas compitiendo a los ojos del mundo. Sin pretemporada -pues el curso para los europeos acaba ahora- fue solventando rivales hasta que encararon el monstruo (semi)final. Porque un equipo no conquista el triplete sin suficientes ingredientes, individualidades y sociedades autónomas.
Mientras que el PSG parece bailar como los estorninos, al proyecto de Xabi Alonso le llegó tan pronto este partido como los goles entraron en el arco de Courtois. El belga ya había aparecido un par de veces cuando dos errores de la pareja de centrales blanca noqueaban al conjunto español. El tercero, en una salida de presión académica, provocó que el finalista casi se pudiese asegurar antes de la primera media hora.
Fue evidente que la primera idea del técnico vasco para frenar las piezas del técnico asturiano no resultó. Si presionaban, les encontraban la espalda; y si no presionaban, el PSG aguanta, esconde y espera. Esto acrecentó una aparente sensación grupal a los madridistas de que «no les daba», percepción igual agrandada por cómo habían llegado los tantos. Después del cooling break, la brecha se fue cerrando. Pero no hubo forma de que el Madrid se reenganchase: el encuentro de Xabi con Luis fue demasiado (y) pronto para los madridistas.

SIn Huijsen (sancionado) ni Alexander-Arnold (lesionado) para ayudar a sacar el balón jugado, la idea primigenia del Madrid fue juntar a los tres atacantes por carriles interiores (Vinicius empezando por la derecha) y Bellingham para jugar en largo. Ya serían los laterales (Fran y Valverde o las caídas de los interiores) quienes obligasen a los extremos parisinos a recorrer metros. Pero más allá de lo que ocurría con balón, el cual no le duraba demasiado al Madrid (la intención era aprovechar el vértigo y la velocidad del tridente); fue la porosidad cuando no lo tenía lo que desangró al Madrid.
El Madrid en 4-3-3 no supo quitarle el balón al Paris. Robó en el primer reinicio francés (mediante la combinación de una mala decisión de Neves y mal control de Hakimi), cierto, pero el marcaje zonal planteado no presumía darle muchos frutos. El PSG es muy capaz de generar y encontrar el hombre libre; y con superioridad numérica es demasiado simple para ellos.
Una vez en la divisoria, el Madrid tampoco quería buscar el robo; sino retrasar el ataque o esperar el fallo, algo improbable pero no imposible en el PSG pues tanta superioridad puede conllevar a la presunción y esta al error. Pero en la defensa del área los medios y defensas parecían demasiado desprotegidos (4+3), con los tres atacantes cercanos pero en una línea distinta (preparados para montar transiciones) y sin actitud ni involucración en pos del robo.
El apuro se convirtió en depresión cuando Asencio y Rüdiger, ante la presión de Dembélé, tuvieron fallos técnicos impropios de la élite. Es cierto que Courtois ya había aparecido un par de veces en los primeros cinco minutos, pero también que el Madrid había merodeado el área de Donnarumma y generado que el PSG buscase en largo desde Donnarumma (justo en el inicio del 2-0). Pero el golpe psicológico del 2-0 serenó a los campeones de Europa y desesperó a los blancos que tardaron bastante en volver a reconectar. El PSG le invitaba a salir, pero el Madrid no quería dar un paso adelante.
Porque cuando lo daba, el PSG le encontraba la espalda. Igual Tchouameni o los interiores decidían saltar, pero ya se encargaba algún miembro del tridente de medios hispanoluso del Paris de aparecer. Vitinha, Fabián y Neves son omnipresentes de por sí, pero también se les suma Doué, Dembélé y los laterales. Estos últimos ayudaban a que los extremos tuviesen más facilidades en su duelo con el lateral. Doué manipuló a Fran García en parte por su calidad, en parte por Hakimi (más veces por fuera y que obligaba a Bellingham o Rüdiger a abandonar el núcleo). Valverde sí logró plantar mejor cara a Kvaratskhelia aunque tenía en Nuno (por dentro) otro problema que no siempre podía resolver junto a Güler (diseñado para tener el balón).
El 3-0 fue la coronación. Juntó varios pases en primer cuarto para atraer, giró de izquierda a derecha, sacaron de sitio a varios blancos -entre ellos Rüdiger por el apoyo por dentro de Doué- jugaron dentro-fuera-dentro-fuera-dentro, siempre en diagonal; siempre hacia delante. Los huecos estaban, la precisión y velocidad de Vitinha, Hakimi, Doué, Dembélé y Fabián hicieron el resto. El medio andaluz capitulaba al Madrid en el 25′.
Con el el cooling break y el paso al 4-4-2 por parte de Xabi Alonso (Gonzalo y Bellingham en bandas), el Madrid frenó el jolgorío dominante del PSG e incluso en la segunda parte niveló la posesión (después de los cambios, sobre todo). Pero no hubo mucho más reseñable más allá de que el madridismo pudo despedir a Lucas Vázquez y Luka Modrić, a la par que aplaudir la vuelta de Militão y Carvajal. Luis Enrique, por su parte, pensó en la final ante el Chelsea y antes del 70′ ya había hecho los cinco cambios (Barcola, Gonçalo Ramos, Mayulu, Zaïre Emery y Kang-In Lee).
Con el 4-0 de Ramos la semifinal se completó. La imagen madridista fue mala. Se miró en el espejo del campeón de Europa y la realidad es que está lejos (lo contrario sería una anomalía). Lo positivo para el Real Madrid será que cuando empiece la 25/26, Xabi Alonso no partirá -en absoluto- de cero. Con la experiencia del Mundial y con tiempo para ENTRENAR (y no hacer sesiones entre partidos) para cohesionar a sus genios. Se marcha de Estados Unidos con la cara coloreada, pero eso sí, por un conjunto de artistas que están a un partido de representar (y de qué forma) un curso difícilmente igualable y casi (¿Supercopa de Europa?) inmejorable.


