Se da por descontado que dos contendientes siempre quieren ganar. Más si cabe, en una final. Pero si eres el rival a batir y te apodan el «mejor equipo del momento», ten por seguro que las ganas de tu rival aumentan. No es solo ganar, es «ganarte a ti». Como ganar a tu hermano mayor o a tu maestro. Siempre se da la mejor versión. Pero también está claro que, aunque lo intente, el «mejor equipo del momento» no puede dar lo mejor de sí cada día. Debe intentarlo, como hizo el PSG, pero ni existieron imperios no caducos ni equipos invencibles. Los parisinos quisieron redondear una temporada de ensueño, pero el Chelsea no le dejó.
Marquinhos: «Tácticamente, nos pusieron las cosas difíciles en la primera parte, tardamos en reaccionar; estas son cosas que tendremos que tener en cuenta de cara al futuro. Todos los equipos nos estudiarán mucho para saber qué hacemos bien y qué hacemos mal».
La posesión fue de la mano de la incomodidad para los parisinos. Los goles, que en una final tienen su aquel psicológico, fueron quitándole el flow al coral juego del PSG. Los dos primeros, los pases a la red de Cole Palmer en un lapso corto, le confirmaron que iba a ser más duro que ante el Bayern o el Real Madrid. El tercero, antes del descanso, les mandó a la lona. Por energía, colapso mental, falta de fluidez, ideas y acierto, el PSG no estuvo ni cerca de igualar. Siguiendo el plan de Maresca y con varias figuras individuales a un nivel muy alto (desde Robert Sánchez hasta João Pedro, pasando por Cucurella o Palmer…) el Chelsea estrenó el palmarés del Mundial de Clubes.

Enzo Maresca: «Vimos que había mucho espacio por el lado izquierdo y salió bien el partido. El equipo salió fuera para intentar ganar respetando al rival. Para ser honesto creo que ganamos el partido en los primeros diez minutos. Era la manera de la que queríamos jugar y demostramos ambición y hambre y afortunadamente pudimos coger una buena ventaja porque seguir ese ritmo de presión con este calor no era nada sencillo».
Mucho se ha escrito de la gran movilidad del PSG de Luis Enrique en la fase con balón. La respuesta de Enzo Maresca fue, aparte de atrevida y de mucho desgaste -tanto físico como de concentración-, fue original. No por los emparejamientos individuales, sino por llevarlo hasta las últimas consecuencias. Maresca entendía que en los momentos de reinicio aquel que hiciese de mediocentro del PSG sería cosa de Reece James, al igual que quien partiese como interior izquierdo sería perseguido por un central (Chalobah al principio, luego también Colwill).


Persecución de central a Dembélé

Esto de por sí, no es una novedad. El propio PSG hacía saltar a Marquinhos con Enzo (enganche), por ejemplo, en las recepciones abajo en salida. Sin embargo, el conjunto blue asumió estas largas persecuciones a todos los efectos. Por ejemplo, si Doué se movía hacia dentro o atrás, le seguía Cucurella. Esto era compensado por el movimiento contrario por Neto, que acabó actuando como un lateral izquierdo en una línea de cinco en bloque bajo. Así, si el interior izquierdo y también el delantero centro parisino (Dembélé) caían en apoyo a campo propio, la pareja de centrales (Colwill-Chalobah) llegaría a campo rival y se las podría ver por delante de la última línea.

Aunque esto fuese un error momentáneo, uno se hace a la idea de que era muy importante para Maresca que al PSG le costase instalarse en campo rival de forma sencilla y que no encontrase superioridades por dentro. Y a pesar de algunos errores en algún cambio de marca (más frecuentes en el bloque medio en 5-2-3) o por algún momento de destensión puntual (la banda derecha con Malo Gusto-Cole Palmer era más propicia para el PSG por esta razón), el riesgo de estos movimientos compensó en los primeros minutos. Pronto los parisinos acuciaron la incomodidad y cuando parecía que empezaban a sacudirse la sensación, llegaron los goles. Y si la actitud londinense siempre fue óptima, con resultado a favor aumentó la confianza en el plan y las energías se mantuvieron.
También es cierto que tanto antes de que Cole Palmer rompiese y doblase la ventaja (22′ y 28′) como después del doblete del inglés, tanto Robert Sánchez como talentos defensivos como Cucurella habían realizado lo imposible por mantener la portería a cero. Cucurella cortó un pase de la muerte en el minuto 15 y Robert Sánchez sacó una mano prodigiosa abajo a un disparo de Doué en la frontal. Después haría otras de valor gol. Las recepciones de Dembélé a espaldas de medios o en banda izquierda, alguna conducción de mérito realizó de Doué y alguna acción en la que el PSG aprovechaba esa forma de presionar del Chelsea abriendo grandes intervalos en su última línea con llegadas desde segunda línea sí provocaron peligro.
Pero el conjunto blue también supo cómo dañar. A pesar de que otro de los puntos clave del PSG es cómo defiende hacia delante cuando no tiene el esférico, ya sea en los momentos de reinicio del rival o justo después de la pérdida. Para estos momentos, el Chelsea fue quizás menos original, pero a la vez sumó mucho acierto a la lógica: si los espacios no están en campo propio, están en el contrario. En campo propio, se intentaban juntar pocos pases, encontrar al hombre libre y salir rápido aprovechando los espacios.
En esta parcela vuelve a destacar Robert Sánchez, que con sus paradas impidió al PSG cambiar la dinámica negativa del encuentro, y con su acierto tremebundo conectando con compañeros en pases medianos o (muy) lejanos, abiertos a bandas o directos al punta, permitieron al conjunto de Maresca llegar más veces a campo rival. Una vez en los dominios parisinos, podían buscar finalizar con rapidez, pero no fueron muy pocas las veces que decidieron pausar el ataque y retroceder o, al menos girarlo, para alargar el tiempo con balón. Ante rivales como el PSG es casi imprescindible que el duelo no sea únicamente una dirección. El 1-0 tiene todo esto que se comenta: contraataque frenado, retroceso y envío en largo de Robert Sánchez hacia la subida de Malo Gusto.
La palabra «jugar» proviene del latín iocari: hacer algo con alegría» o «divertirse»
Pero la victoria no se contempla sin las acciones particulares y actuaciones en general de João Pedro y Cole Palmer. Goleadores, pero mucho más que eso. En cada acción recordaron al espectador que esto es un juego y que, por lo tanto, debe existir un componente lúdico. Jugaron como si en vez del Mundial de Clubes (veremos con los años cómo aumenta el valor del trofeo) participasen en la Copa Konami. Controlaban y encaraban como si sus pares en la soleada tarde neoyorquina no fuesen -Pacho ausente- los vigentes y flamantes campeones de Europa. Los amagos de Cole Palmer para engañar a Vitinha y tumbar a Beraldo en el 2-0, el momento de pausa para fijar a Beraldo para asistir en el 3-0 al brasileño son el mejor ejemplo.
Que la mala defensa colectiva del PSG no empañe la gran definición del punta, quien en vez de reventarla ante Donnarumma, la levantó de cuchara ante la salida del italiano. Pero no solo fue eso. El delantero brasileño sumó una gran cantidad de desmarques, recepciones de espaldas, choques y detalles técnicos. Por su parte, Palmer, jugando más por dentro que Neto y dejando el carril exterior a Malo Gusto, dio muestras de su talento sobresaliente en su zurda. Desde sus golpeos con el interior al palo alejado de Donnarumma a la asistencia para el tercero como cada balón que el mancuniano tocó. Como muestra: el inglés fue nombrado mejor jugador del torneo y de la final. Y el Chelsea, por eso y por todo, lo celebra.



